Carta para un cuerpo finito


Querido cuerpo: estos días de dolor y ansiedad me han servido para volver a conversar contigo. Mis piernas logran, no sin dificultad, sostenerte y mis dedos arden con cada letra que escribo. Creo que estarás de acuerdo si comparto un par de palabras sobre nosotros que tal vez sirvan para ayudar a otros. Al fin y al cabo, me has acompañado siempre que he tomado una decisión. A veces buena, a veces mala. Hace 13 días nos decretaron una neuropatía diabética. Por eso decidí compartir contigo esta carta.

Recordarás que fuimos un niño débil, flaco, que sufría de estreñimiento. En nuestra adolescencia, en los deportes éramos “un bueno para nada”. Recordarás a ese profesor de educación física que nos humilló delante de los demás estudiantes sólo porque traíamos las zapatillas sucias. Hizo que diéramos un paso al frente y ordenó a todos que nos gritaran “idiota”. ¿No debería la mal llamada Educación Física, para solidarizarme con Álvaro Restrepo, aspirar a otras posibilidades de aprendizaje en las que el cuerpo es una zona de mediación donde tienen lugar las dimensiones con las que se percibe el mundo? Nosotros no odiamos el mundo, porque no era nuestro destino.

Pasó el tiempo y dejamos de ser niños. Llegó el trabajo. A pesar de que éramos un obrero, engordamos; porque los fines de semana era la cerveza y la fritura, a veces los cigarrillos. Más tarde, entre los estudios y el trabajo, no sacamos tiempo ni para caminar. Luego nos hicimos funcionario público y, pese a que nuestro trabajo no era sedentario, seguimos engordando. No obstante, ya con más de 40 años y llegando a los 50, aún podíamos saltar la cuerda y jugar con los niños a la ronda del lobo.

Hace trece días las piernas tiemblan; casi no puedo sostenerte y, tristemente, descubrí que te había abandonado. Siempre me fuiste fiel, incluso cuando me avergonzaban por ser un debilucho. Aun así, no te cuidé como te lo merecías y ahora te pido perdón.

He releído con emoción las primeras páginas de esa hermosa novela de Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano. No he podido evitar un nudo en la garganta cuando leo: “Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo”. Y más adelante: “Amo mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios”.

Tú también me serviste bien. En la niñez, jugamos trompos y subimos árboles; jóvenes, andamos caminos, nadamos innumerables ríos; adultos, viajamos, amamos y conocimos el valor de la palabra papá. Contamos juntos muchos cuentos. Contigo conocí él amor, el dolor, el sexo y la fragilidad de la vida. Me enseñaste la diferencia entre una caricia, una bofetada y el dolor de un chichón. Me acompañaste en varias batallas y derrotas. Aquí estás conmigo en infinitos insomnios y soñando los mismos ideales.

Hoy te ofrezco disculpas, amigo. Cuerpo abandonado y maltratado. Pude cuidarte mejor ahora que comprendo tu totalidad. ¿Cuántos años bastaron para que entendiera que mis pensamientos eran parte de ti? La inteligencia del cuerpo. Tú me ayudaste a cuidar mis palabras, el lenguaje, el pensamiento. Cuerpo corrompido, cuerpo ético, cuerpo cautivo, cuerpo artístico, cuerpo mestizo, cuerpo de Cristo traicionado. Y aún así, aquí estás, de raíz y ramas enteras que luchan contra el viento del destino.

Agradezco tu generosidad. Me diste los sentidos para leer libros y ver paisajes; para escuchar la música y la poesía; para abrazar a mis hijos; para caminar tantas horas junto a su madre. Te agradezco por los sabores que permitiste disfrutar, aunque ahora sé que debí educar mejor mi boca.

“El cuerpo es nuestra única pertenencia real en este mundo; lo demás son arandelas o incidentes”, dice Álvaro Restrepo. Ahora que te reconozco como una esencia unísona, ahora que comprendo que somos uno, que eres lo único real que me contiene, pienso que, si las personas tuviesen una educación integral sobre su cuerpo, si tuvieran acceso a una pedagogía ética del cuerpo, podríamos también ayudar a mejorar la salud del cuerpo de la sociedad que está enfermo de tantos vicios.

Hubo un tiempo en que nos alejamos. Yo me alejé de ti. Lo que siempre nos ha unido es la memoria y la locura de la creación. Recordamos aquel niño endeble objeto de burlas. ¿Cuántas veces no escuchamos voces que nos decían: “estás drogado”; solo porque la imaginación y la fantasía crecían en nosotros? Únicamente la dejamos libre. Ahora, querido amigo, te pido que nos levantemos juntos otra vez, porque todavía hay camino que recorrer. Y si el destino no lo permite, cerremos nuestra historia con un final como el del libro de Yourcenar: “Lo que yo era capaz de decir ya está dicho; lo que hubiera podido aprender ya está aprendido. Ocupémonos ahora de otras cosas”.

El autor es escritor

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