Hoy por hoy | La Prensa Panamá


Panamá es un país que presume de su progreso, de sus rascacielos, de su centro bancario, de una vía interoceánica que genera riqueza para toda la población. Los gobiernos de turno proyectan una exótica imagen del país en la que no aparecen los olvidados, los que sufren una realidad alterna, muy distinta a la que viven otros panameños. Unos cien de los más de 600 corregimientos del país viven en lo que se denomina pobreza multidimensional. Es donde el Estado no llega y donde vive esa población que solo es valorada en época de elecciones. Se trata, especialmente, de corregimientos ubicados en las comarcas indígenas, donde la educación no llega a la juventud; donde las viviendas carecen de electricidad y se vive en hacinamiento; donde el entorno es insalubre por causa de la basura y por la carencia de servicios sanitarios; donde el trabajo es escaso y abunda la informalidad; donde el agua no proviene de un acueducto, sino de un pozo, río, quebrada o cisterna. Son estos indicadores –o su ausencia– los que nos dicen que hay una vieja deuda con esa población, condenada a una pobreza perpetua porque no puede salir de su precariedad sin la ayuda del Estado, y la solución no está en simples subsidios. Es a ellos a los que se les debe progreso. No es la altura de un edificio la vara con la que se mide el progreso, sino en qué tan lejos puede llegar la gente.

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