Mito, realidad y literatura (Parte I)


“Cuando el hombre sabe, crea la historia. Cuando el hombre ignora, crea el mito”. Federico Carlos Sainz De Robles.

“Los símbolos que cada uno de nosotros lleva en sí y encuentra de repente en el mundo, los que sobresaltan su corazón al reconocerlos, son sus recuerdos auténticos. Son también verdaderos y propios descubrimientos. Es necesario tomar conciencia de que no vemos las cosas por vez primera, sino siempre por segunda. Entonces las descubrimos y, al mismo tiempo, las recordamos. (…) Solo admiramos de la realidad lo que ya hemos admirado una vez”. Esta concepción sencilla, moderna y poética del mito, hecha por Cesare Pavese a mediados del siglo 20, quizá en otros tiempos habría provocado un interesante debate, porque el mito no siempre fue mirado desde una concepción poética, sino antropológica e histórica.

Etimológicamente, la palabra mito viene del griego clásico mythos, que significa fábula, relato o cuento. Para Platón, muthología no significaba otra cosa que la afición a contar historias. Un mitólogo no era más que un “cuentero”, a decir de Enrique Buenaventura. Los términos mitológico, mitologizar, mitologista y mitólogo (principios del siglo 17) tenían que ver con la narración fabulosa, pero mitología y mitologizar “se utilizaban las más de las veces con sentido de interpretar o anotar los relatos fabulosos”, anota Raymond Williams en su libro Palabras clave (2000).

La “interpretación mitológica” es un concepto que se utilizó en 1914 y hacia principios del siglo 19, la palabra tomó dos tendencias: con Coleridge fue una “construcción imaginaria particular” y la revista Westmister acuñó el concepto en 1830, “causa en las circunstancias de la historia fabulada”. A mediados del siglo 19, el concepto de mito era utilizado para “referirse a una invención no sólo fabulosa sino indigna de confianza e incluso deliberadamente engañosa”, es decir que tenía una connotación casi peyorativa; el mito no tenía nada que ver con la realidad.

A veces el mito alternaba con la fábula; sin embargo, había una distinción con la “leyenda”, que a pesar de ser una invención, era más relacionada con la historia. Lo mismo pasaba con la “alegoría”, que aun siendo más fabulosa señalaba alguna realidad concreta. Más tarde, el mito adquirió un sentido positivo, tal vez por la ocupación que le han dado filósofos, antropólogos, historiadores y hasta poetas, incluso los narradores orales; sin tratar de exagerar, son estos últimos los que han definido mejor al mito, quizás por la estrecha relación que existe entre mito y literatura.

La palabra mito aludía en principio a la mera fábula (por lo regular pagana o profana) y era una palabra en contraste con la historia y la ciencia (de hecho aún lo es en cierta forma), más cerca de lo sagrado y lo sobrenatural, pero los intelectuales hoy día le prestan más atención y ya no ven al mito sólo como un hecho que aludía de manera alegórica a los orígenes de la prehistoria. El mito es mucho más que eso y tiene un matrimonio tácito con la literatura y es allí donde nace una relación estrecha con la realidad: la creación literaria es una mentira que dice algo de la verdadera realidad; el mito (en su visión primitiva) se crea desde el primer asombro que tenemos de la realidad, cuando no la comprendemos y existe la necesidad de explicarla.

En la mitología no todo es mentira, nos dice Federico Carlos Sainz De Robles en su Ensayo de un diccionario de la literatura (1965). El mito es algo más; es algo vivo. A través de él se han explicado grandes obras de arte; se ha esclarecido la historia de naciones ancestrales; se han aclarado circunstancias sociales y sensibilidades religiosas; se han descubierto reglas morales y sociales, comportamientos y normas morales de los pueblos. La alegoría del mito es más fuerte que la realidad y es por eso que, a pesar de que la ciencia ha logrado explicar muchos fenómenos, despojando del asombro prehistórico, el hombre prefiere seguir recreando la realidad desde su cosmovisión; tal vez porque la posibilidad de asombro crea posibilidades de creación.

Para termimar esta pieza, quiero citar unos fragmentos del libro de Michele Craveri, Contadores de historias, arquitectos del cosmos (2012).

“Los mitos son sueños ‘seculares de la humanidad’ que dan a la sociedad cohesión, legitimidad y solidaridad a través del símbolo. Evocan la realidad en el espacio de la representación, conmueven al público y lo hacen participe de una experiencia colectiva. (…) El relato mítico es una forma narrativa de elaborar las inquietudes y las interrogantes centrales de un grupo social, paralela a otros instrumentos comunicativos, como los rituales, la música, las representaciones escénicas y la arquitectura”.

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